Zoya Novikova nació antes de la guerra en 1935, y tenía 6 años de edad al comienzo de la misma .
Los tiempos más bellos de la infancia cayeron en plena guerra y en el Leningrado bloqueado, por lo tanto, algunos de sus poemas reflejan esos tiempos tan difíciles y dolorosos para el país. Ella no puede hablar sobre esta época sin emocionarse, tanto como ver las imágenes filmadas del bloqueo sin lágrimas.
“Superviviente al bloqueo” no es ni título, ni estado, sino la memoria que te acompaña toda la vida, porque es imposible de olvidar!….

EUSKALRUS: Zoya Nikoláevna, como fue posible que usted se encontrara en el Leningrado sitiado y que edad tenía?
ZOIA NIKOLAEVNA: Cuando comenzó la guerra y el frente se acercaba rápidamente a Leningrado, hubo una orden de Stalin de sacar a todos los niños de la ciudad. Comenzó la evacuación urgente, pero mi mamá esperaba…. Ella trabajaba en la fábrica mecánica de enfermera. Cuando el bloqueo se cerró, nosotras nos quedamos en Leningrado sitiado.
Las fábricas, que casi todas se encontraban en funcionamiento, empezaron a producir armas y tanques.
Mi mamá, una mujer bajita y muy frágil aparentemente, aprendió a trabajar con la maquinaria de fabricación de piezas metálicas para los proyectiles. Allí trabajaba 12 horas y más al día.
Desde principio yo fui a jardín para los niños que seguía abierto, pero cuando comenzaban los bombardeos bajamos a los sótanos de piedra de un refugio antiaéreo y a veces pasamos allí todo el día.
Debido a la falta de vitaminas, a mí, como a muchos en el Leningrado sitiado, tuve el escorbuto, deje de andar y mis pies se cubrieron con dolorosas úlceras.
Mamá iba a trabajar, y me quedaba sola en casa hasta que volvía. Como mi madre trabajaba a veces más de 12 horas al día, yo permanecía mucho tiempo sola y como no podía andar, estaba en la cama escuchando los sonidos de metrónomo en la radio, que de vez en cuando interrumpían los últimos informes desde la línea del frente y, aún más raramente (eran los momentos más felices), por la radio sonaba la voz de Maria Petrova, locutora infantil que leía capítulos de «Los niños de la mazmorra», escrito por Sergey Korolenko. Aun me acuerdo su inusual voz, que a mí me llevaba muy lejos de la guerra, en mi imaginación a los tiempo de Paz. A menudo se interrumpía con una sirena, señal de bajada al búnker. Yo no podía bajar con todos y me mantenía acostada en la cama hasta la vuelta de mamá, escuchando el aullido de los proyectiles y adivinando en donde cayó esta vez la bomba. Primero se oía el sonido del vuelo de los aviones sobre la ciudad, a continuación, el silbido
de la caída de los proyectiles y, por último, un gran estruendo. A veces, me daba cuenta de que el proyectil había caído cerca y, en algún lugar cercano, había destruido una o varias casas.

Cada día que mi madre regresaba a casa, tenía mucho miedo de girar la esquina a nuestra calle Krasnoarmeyskaya 2, en donde vivíamos, porque no sabía cómo encontraría la casa donde yo la esperaba -en su lugar o totalmente destruida.
La gente moría por fragmentos de proyectiles, cuando ellos explotaban cerca. Los fragmentos de los proyectiles también entraban volando por las ventanas y por una de ellos se murió la hija de la educadora de nuestro jardín de infancia. Pasó por la entrada, cuando comenzó el bombardeo y la mató un pedazo de proyectil. Y de esos casos habían muchos.
EUSKALRUS: Que es lo que más se le quedó en la memoria de aquellos largos 900 días y noches?
ZOIA NIKOLAEVNA: A pesar de que era pequeña, recuerdo mucho. Mi edad no me daba miedo. Yo, como todos los niños, pensaba que a nosotros nada podría sucedernos. A menudo pienso en mi madre, como sobrevivía e iba a trabajar cada día con cierta firmeza, como cuidaba de mí y ayudaba a unos pocos ancianos, nuestros vecinos, que aún quedaban en nuestra casa, porque el edificio de cinco plantas se encontraba casi vacío.
Me acuerdo bien de aquellos momentos felices, cuando traía del trabajo planos antiguos porque por el otro lado del papel se podía dibujar.
También me acuerdo del invierno del año 42, cuando la temperatura llego hasta 42 bajo cero, y como no teníamos ni agua, ni luz, ni calefacción, mamá me pidió mis pinturas acuarelas. No quería dejarlas, pero me explicó que si no se las daba, nos moriríamos de frío, porque las pinturas arden bien. Y la echó al fuego! Como lloré! Era un horno pequeño, de metal. Se les llamaban estufas «burguesas”. Encima de la estufa se trataba de preparar algo así como los restos de la papilla que me daban a mí si no terminaba de comer mi ración en el jardín de infancia o las mondas de patatas.
Una vez leí que los habitantes del sitio de Leningrado tienen un cariño especial a los libros. Y eso es verdad! A pesar de la falta de combustible, mi mamá conservó un montón de libros y cuando yo ya no podía caminar, amaba mirar las ilustraciones de los libros, pasando horas y horas hojeando las páginas. En especial me acuerdo de un antiguo libro de Pushkin. Aun no sabía leer, la guerra impidió que comenzara a tiempo el cole y la primera vez que fui tenia 10 años, después de la Victoria. Pero desde el momento en que aprendí a leer, y a lo largo de toda la vida he tenido una inusual afición excepcional y amor a las obras de Pushkin.
El momento más grave y horroroso para los ciudadanos fue el invierno de 1941-42 años, cuando las temperaturas descendieron más de 40 grados bajo cero, y no tenían ni leña, ni carbón. Toda la gente dormía con abrigos y gorros en sus casas. La gente comía de todo: correas de cuero, e incluso las suelas de piel natural de los zapatos, pero antes de su consumo había que remojarlas en agua.
Sobre todo me acuerdo cuando llegó a casa mi papa en invierno del año 42. Por razones de salud no se lo llevaron al ejército y el sacaba las bombas del techo de los edificios, desenterraba a los sepultados después de los bombardeos, cavaba trincheras…este día el entró en la cocina, se cayó y se murió de agotamiento, sin decir ni una palabra. Mamá le lavo, le metió en una sábana blanca y lo llevo en trineo a un sitio por cual cada día pasaba el camión especial recogiendo los cadáveres y se los llevaba fuera de la ciudad. Allí se les echaba en enormes fosas. Se supone que nadie escribía ni nombres ni apellidos. El 1942 fue el año en el que más gente murió.
Posteriormente, en este lugar abrieron el Cementerio Memorial Piskarevo. Estas fosas se han convertido en la tumba común donde se encuentran en la paz eterna unos 500 mil civiles de los años de bloqueo.
Llorar, no, no llorábamos. Si cada día ves la muerte es difícil que te salgan las lágrimas…
Solo piensas que hoy es hoy, pero mañana probablemente yo…
Sobreviví gracias a mi madre.

Cualquier persona que haya trabajado en la fábrica le daba 250 gramos de pan, hecho de harina junto con serrín y otras impurezas y por eso era muy pesado. Los niños también recibían 125 gramos de este pan.
No había médicos y la gente se curaba sola en casa. A mi madre le aconsejaron que me diera una infusión de agujas de pino verdes, para que empezara a caminar. había que ir andando muy lejos a por las agujas, porque el transporte publico se quedó paralizado. Eran las únicas vitaminas que empecé a tomar. Poco a poco las heridas de mis piernas empezaron a desaparecer. Pero aun no podía caminar y aprendí a andar de nuevo a finales del bloqueo, lentamente, paso a paso, moviendo las piernas y manteniendo las manos detrás de la verja del jardín enfrente de nuestra casa. En realidad ya no era jardín, en su lugar había un profundo embudo de una bomba.
Muchos, como una pareja de nuestros vecinos, todo el tiempo estaban en casa y no podían, de la impotencia, levantarse y ir a por las tarjetas de su ración de pan -125 gramos. Mi mamá les ayudaba y traía el pan, mientras estaban vivos. Morían por familias enteras.
Recuerdo como en invierno, tenía que salir de la casa, saltar a través de un gran montículo de nieve, y cuando la nieve se derritió, resultó que allí estaba el cadáver de una mujer.
Recuerdo que nos dieron una bolsita con pequeños dulces, pasas de uva, por el Año Nuevo en el jardín de infancia. Y por el camino comenzó un bombardeo y comenzaron a caer las bombas. Corrimos y se me desperdigaron las pasas en la nieve profunda. Yo intenté encontrarlas pero mi mamá me metió en un búnker y las pasas se quedaron en la nieve. (por eso, puede que toda la vida me hayan gustado tanto).
Recuerdo lo que comíamos, o mejor dicho, casi nada: sopa de soja, el pan mezclado con levadura de cerveza, cultivada en celulosa, daban por las tarjetas un poco de cereal y aún recuerdo la sensación permanente de hambre.
Cuando los alemanes bombardearon los almacenes Babaevsky, donde había pequeñas cantidades de azúcar y de harina, la gente cavó luego la tierra, dejó pasar el agua, la calentó y se la bebió, sólo porque así estaba un poco dulce. Para coger agua, íbamos a pie al río Fontanka у, a veces, al Neva.
El camino de la vida era la única vía de transporte, por la que el Leningrado sitiado, a través del lago Ladoga, se comunicó con el resto del país durante algún tiempo. Era a través del lago Ladoga, en el invierno del 41 y 42 trataban de llevar alimentos a los habitantes de la ciudad.
Cientos de camiones y conductores murieron bajo el hielo. Olga Bergolts escribió sobre el Camino de la vida:
«Por el camino de la vida iba a nosotros el pan,
el Camino de la amistad de muchos.
Todavía no se conocen en la tierra
La carretera más terrible y más alegre.»
Las personas que han sobrevivido al bloqueo, como mi madre y yo, incluso en tiempos de paz no podemos tirar el pan y, a menudo, en Leningrado había diminutivo «jlebushek».
Varias veces, Zoya Nikoláevna interrumpe su relato, su voz empieza a temblar y se muestran algunas lágrimas. Especialmente, cuando recuerda la historia de un muchacho que su mamá envió con las tarjetas a por el pan. Era el comienzo de mes y tenía los cupones para todo el mes. Volvió a casa y dijo a su madre que no le dieron el pan porque no tenía los cupones en el bolsillo. Que o se los habían robado o los había perdido. La madre, que tenía más hijos pequeños sus hijos dijo que ahora, a causa de esto, todos se morirán de hambre. El muchacho, de la pena se metió debajo de la cama y no salió en 2 días. Cuando lo sacaron, él ya estaba muerto. Al quitarle el abrigo, encontraron que, accidentalmente los cupones se le habían deslizado por un agujero del bolsillo, y la tarjeta simplemente cayó dentro del forro del abrigo y estaban allí.
EUSKALRUS: Y como recuerda los últimos días de asedio y el momento de levantar el bloqueo?
ZOIA NIKOLAEVNA: Cuando se levantó el bloqueo, se podía caminar tranquilamente, sin temor a los bombardeos, mi madre y yo dimos cuenta de que por un milagro, nuestra casa sobrevivió. Muy cerca, justo detrás de la nuestra, habían destruida una gran casa de cinco plantas, a la izquierda y a la derecha de nuestra casa, también destruyeron casas, y en frente, en una de la casa cayó una bomba y se formó un profundo embudo.
A finales de bloqueo, por la radio se daban informes militares que decían que pronto las tropas soviéticas atravesarían el anillo que rodeaba Leningrado. Todos esperábamos con ansias ese día. Y, por último, en la radio, ese momento que parecía tan cercano, vivo y único, que conectaba a las personas con el mundo, literalmente, gritaron de alegría: «el Bloqueo de Leningrado se ha roto!!!».
Que todavía no era la victoria, pero todos lloraban de felicidad y alegría, porque seguían vivos, y porque los alemanes ya no entrarían en la ciudad. En la calle se abrazaban y se besaban. Todos estaban alegres, parecía que todo lo peor ya había pasado. Entonces yo no sabía que el sonido de como caen las bombas en la ciudad es imposible de olvidar y esto va a perseguirme toda la vida. Por
eso ahora, cuando felicito a los parientes las fiestas, yo siempre deseo en primer lugar: paz, el cielo puro!
Del autor:
El bloqueo de Leningrado duró 900 días: desde el 8 de septiembre de 1941, de 27 de enero de 1944, dos años y medio. A pesar de ser ampliamente evacuado, en septiembre de 1941, quedaron atrapadas en varias zonas de la ciudad unos 2.887.000 habitantes.
durante el asedio, en Leningrado se mantuvo, además de la población adulta, 400 mil niños desde bebés hasta estudiantes más jóvenes. Antes de la guerra, Zoya Nikoláevna soñaba con convertirse en un artista, dibujaba mucho y en la guardería ella tenía la carpeta mas gruesa con sus dibujos.
En los años de la postguerra, la vida era difícil y, aunque ella asistía a la escuela de arte y en la escuela estatal de artes de Leningrado V. Mujina, no pudo terminarlo por distintas circunstancias. Era necesario trabajar. Tuvo que trabajar como diseñadora grafica y escribir lemas políticos y la formalización de los rincones rojos. Casi no le quedaba tiempo libre, pero cuando lo tenía, se dedicaba a su actividad favorita, creando su obra, en cartulina o incluso en madera contrachapada (si no había dinero para lienzos)
El amor a la pintura quedaría para toda la vida.
Y si durante muchos años trabajó como diseñadora gráfica, cuando se jubiló, finalmente fue capaz de desarrollar su más querida obra: la pintura.
Así, ha surgido una vida, que se encontraba en España. Y aunque en los primeros años sólo venía de visita, ahora con más edad se mudó aquí con la familia de su hija, para no seguir estando sola con 80 años.
Pero aquí sigue su con su creatividad, pinta y escribe poesía… y por supuesto, vive nuevos encuentros con Rusia.
Ya ha realizado en España, varias exposiciones con sus lienzos, Zoya Nikoláevna escribe y escribe, para atrapar tanto como sea posible, así como suspira con tristeza, que ya con 81 su visión poco a poco se estropea, pero trata de ver la vida con optimismo, propio sólo de las personas, atemperadas en la infancia. Aquí comenzó a nadar en invierno y ya conoció a nadadores locales y trata de llevar un estilo de vida activo.
Domina el idioma español y a menudo se la puede encontrar en la biblioteca, leyendo los periódicos locales. Se interesa por la poesía, la pintura y con gusto discute las noticias de política interior y exterior, tanto de España como de Rusia.
Su obra cala hondo. Esto se siente en la conversación con ella, por su rápido andar, expresiones faciales vivas, jóvenes, su voz fuerte, su visión lucida y sus planes de viajes. Así, hace dos años llevó a cabo su sueño y visitó todos los lugares donde vivió y trabajó Salvador Dalí, del que sabe casi todo y
se puede pasar horas contando su vida. En la despedida, nos muestra las medallas por la defensa de Leningrado.
Del autor: En 1985 la medalla «Por la defensa de Leningrado» se otorgó a alrededor de 1.470.000 personas. Entre ellas, 15.000 los niños y adolescentes.
EUSKALRUS: Le deseamos salud, Zoya Nikoláevna y largos y felices años de vida y, por supuesto, nuevos encuentros con Rusia y su ciudad favorita en el río Neva.
Ha entrevistado en enero 2017 Vásquez N. Galina.
Me ha conmovido la historia de Zoia Nikolaevna. El fruto de tanto sufrimiento es la belleza de sus ojos y sus paisajes. Bravo Zoia!