
Me gusta el Festival de Eurovisión. Sí, ya se que a mucha gente le parece un espectaculo friki, casposo, demodé y donde los países vecinos se votan entre ellos. Pero, a pesar de ello, me gusta. Tengo dos poderosas razones para decir que me encanta. Por una parte, el festival me retrotrae a mi niñez, cuando lo veíamos en familia. Todavía recuerdo el cabreo que cogió mi madre cuando, en el año 1979, la representante española, Betty Missiego, a falta de la última votación, superaba a Israel por un punto. España debía votar en último lugar y le dió diez puntos a Israel, con lo cual le dio el triunfo a dicho país, en detrimento nuestro (lo que no sabía mi madre y creo que casi nadie es que los votos se computan antes del paripé de las votaciones, por lo tanto Israel ya había ganado antes del espectáculo de dichas votaciones). Otro de los motivos es que es una ocasión única para escuchar canciones e intérpretes de otros países europeos, con sus peculiaridades y, porqué no decirlo, sus rarezas (es una lástima que, en 1999, se permitiera que cada país interpretara sus canciones en el idioma que quisieran, privandonos de escuchar a los cantantes en su lengua nativa, ya que, en su gran mayoría, se elige el ingles como idioma de las canciones)
Como rusófilo, sigo con gran interés la participación de Rusia en el Festival. En su corta historia en Eurovisión, Rusia ha tenido buenas actuaciones: ganadora de la edición de 2008 (Dima Bilan), cuatro veces segunda (2000, 2006, 2012 y 2015), tres veces tercera (2003, 2007 y 2016) y, desde la introducción de las semifinales en 2004, es el único país que las ha superado todas. Esto es una señal de que los rusos se toman el Festival muy en serio. Como muestra, han llevado a grandes artistas como Alsu, t.A.T.u, Alla Pugachova, Mummy Troll y el mencionado Dima Bilan. E incluso fueron capaces de arriesgarse al enviar a las simpáticas abuelitas de Buranovo (Buranovskiye Babushki), con un explendido segundo puesto. Finalmente, Eurovisión tiene una gran audiencia en el país.
De un tiempo a esta parte, Rusia está sufriendo las iras de determinados grupos, lo cual se traduce en situaciones lamentables… No se trata de juzgar si determinadas politicas del gobierno ruso son adecuadas o no. No es el objeto de este artículo. Se trata justo de otra cosa…
Debo hacer un inciso en todo este rollo. Eurovisión, al igual que las competiciones deportivas europeas y otros eventos a nivel continental se organizan con el fin de promover la paz, la concordia, amistad, estrechamiento de lazos entre las naciones que formamos esa casa común llamada Europa. Fomentar la cultura, el conocimiento de las realidades culturales de otros países y demás pamplinas. A la hora de la verdad, las competiciones o concursos terminan salpicados de polémicas que se suponen no deberían formar parte del fair play que se pregona.
Dicho esto y retomando lo anterior, a Rusia (o mejor dicho, a sus representantes) se le somete a una presión que va más allá de lo aceptable, teniendo en cuenta los valores que se desea transmitir en el festival. La imagen de la gemelas Tolmachevy llorando mientras escuchaban impotentes los abucheos del público, cada vez que Rusia recibía los votos de otros paises, era desoladora (los pitos y abucheos también se habían producido en las semifinales.) El productor ejecutivo de Eurovisión, Jon Ola Sand, en visperas de la edición del 2015, pidió que no se abucheara a los artistas. De poco sirvió. Ese año, la representante rusa, Polina Gagarina sufrió en sus carnes la «tolerancia» del público austríaco. Tuvo que ser Conchita Wurst (en un bello gesto) la que intentó consolarla ante semejante espectáculo.
Este año se ha subido un peldaño más en todo este asunto. La representante rusa, Yulia Samoilova, ha visto como su presencia en el festival ha sido vetada por el gobierno ucraniano. ¿Su crimen?, dar un concierto en Crimea, de manera que , ateniendose a las leyes ucranianas sobre la entrada en dicha región de ciudadanos de la Federación rusa, se le ha denegado la entrada en territorio ucraniano por un periodo de tres años. Nuevamente, Jon Ola Sand ha intentado mediar en el conflicto, aunque, de momento, sin mucha suerte.
Es pintoresca la actuación de Ucrania, un país que, con las normas del festival en la mano, jamás debió ganar la edición de 2016. Para refrescar la memoria, recordemos que la canción de la representante ucraniana narraba el sufrimiento del pueblo tartaro de crimea (por aquel entonces perteneciente a la República Socialista Federativa Soviética de Rusia), deportado en tiempos de Stalin, después de la Gran Guerra Patria, bajo la acusación de colaboracionismo con el invasor nazi. A pesar de lo evidente y de que la regla 1.2.2.h prohibe que las canciones tengan «contenido político», se le permitió participar. Después de la curiosa manera de ganar el certámen (ni ganaron la votación del jurado tecnico ni la del televoto), se descubrió que también había incumplido la regla 1.2.1.a, que prohibe presentar canciones que hayan sido interpretadas antes del 1 de septiembre del año anterior al concurso (o, en su defecto, notificarlo a la organización para evaluar si se ha obtenido ventaja con su difusión antes de la fecha límite). En este caso y, pese a los intentos de youtube de eliminar dicho video (aunque no consiguieron eliminarlo del caché), el asunto estaba tan claro que la UER, la organizadora del evento, tuvo que hacer malabarismos para evitar su descalificación. Por cierto, se acusó a hackers rusos de haber modificado la fecha de subida de dicho video al canal multimedia e incluso que los servicios secretos rusos habían modificado el audio original (si el KGB levantara cabeza…)
La cosa está como está. Solo existen dos posibilidades: que Ucrania se enroque y mantenga su prohibición de entrada a la representante rusa. Un este caso, la imagen de Ucrania quedará dañada ante la comunidad internacional (supuestamente). Eso, por no hablar de como quedará la reputación del Festival. La otra es que se ceda a las presiones de la UER y se permita la participación de la artista. Si esto ocurriera, que se prepare: lo vivido por sus compatriotas Polina y las Tolmachevy no será nada para lo que le espera.
En fin, Eurovisión o Eurohipocresía.
Escrito por JesusPetrovich